Hace apenas unos días despedíamos a una nueva promoción de graduados. Como cada junio, hubo abrazos, lágrimas y muchas fotografías. Pero, sobre todo, hubo una sensación compartida entre todo el equipo del colegio: la satisfacción de comprobar que cada estudiante había llegado exactamente donde necesitaba llegar.
Mientras veía subir a los alumnos al escenario para recoger su diploma, no podía evitar acordarme de uno de ellos.
Llegó a nuestro colegio hace tres años. En aquel momento debía estar terminando la Educación Secundaria. Venía de una experiencia muy complicada en otro centro educativo, donde había sufrido una enorme presión académica y, además, situaciones de bullying que habían minado por completo su autoestima. Era un chico inteligente, con muchísimas capacidades, pero profundamente agotado.
Recuerdo perfectamente las conversaciones de aquellos primeros meses. Algunos podrían haber pensado que lo urgente era recuperar el tiempo académico perdido. Nosotros pensamos justo lo contrario.
Lo urgente era recuperarlo a él.
Durante su primer curso hubo días en los que una parte importante de su jornada consistía en dibujar, conversar con otros alumnos, ayudar en la cocina del colegio o simplemente dormir una siesta. Y sí, dormir una siesta también era aprender. Aprender que el colegio podía volver a ser un lugar seguro. Aprender a confiar otra vez en los adultos. Aprender que equivocarse no era un fracaso. Aprender que su valor no dependía de una nota.
Poco a poco comenzó a recuperar la curiosidad. Después llegó la motivación. Más tarde, la confianza. Y, cuando estuvo preparado, empezó a avanzar a una velocidad que probablemente nadie habría imaginado al conocerlo aquel primer día.
En solo dos años completó tanto la Educación Secundaria como el Bachillerato británico, obtuvo una nota media muy alta y este curso comenzará sus estudios en una de las universidades de mayor prestigio de nuestra región.
Cuando alguien conoce esta historia suele preguntarnos cómo es posible.
La respuesta es sencilla: porque no intentamos que todos los alumnos recorran el mismo camino ni al mismo ritmo.
Ese es uno de los principios que definen nuestro proyecto educativo. Combinamos la pedagogía Montessori para adolescentes con la flexibilidad y el elevado nivel académico del sistema británico para diseñar itinerarios verdaderamente personalizados. Cada estudiante tiene un plan adaptado a sus intereses, capacidades y momento vital.
Por eso estamos especialmente orgullosos de nuestros graduados de este año. Algunos comenzarán sus estudios universitarios en España; otros continuarán su formación en diferentes países europeos. Algunos acceden a la universidad tras cursar programas académicos tradicionales, como los A Levels, mientras que otros lo hacen gracias a programas vocacionales como los BTEC, demostrando que existen múltiples caminos para alcanzar un mismo objetivo cuando el sistema educativo es capaz de reconocer el talento de cada persona.
Y este año volvemos a celebrar algo que empieza a repetirse con frecuencia: varios estudiantes han conseguido graduarse uno e incluso dos años antes de lo habitual.
No porque los hayamos acelerado.
Sino porque nunca les hemos obligado a frenar.
Con demasiada frecuencia asociamos la edad con lo que una persona debería estar aprendiendo. Sin embargo, cualquier docente sabe que dos alumnos nacidos el mismo día pueden encontrarse en momentos completamente distintos de su desarrollo intelectual, emocional o creativo.
Cuando un joven demuestra interés y preparación para afrontar contenidos más avanzados, creemos que merece la oportunidad de hacerlo. Del mismo modo que, cuando otro necesita detenerse para recuperar la confianza o consolidar sus bases, también merece disponer de ese tiempo sin sentirse rezagado.
Esta forma de entender la educación nos ha llevado a crear un nuevo programa para estudiantes de entre 11 y 13 años: NEX.
NEX nace con una idea muy sencilla: que la edad no sea el principal criterio para decidir qué puede aprender un alumno. Queremos que sea su curiosidad, su esfuerzo y su desarrollo los que marquen el ritmo.
Gracias a un acompañamiento individualizado, algunos estudiantes podrán comenzar a trabajar contenidos propios de Secundaria e incluso de Bachillerato antes de lo habitual, mientras que otros reforzarán aquello que necesitan para construir unos cimientos sólidos. No buscamos que todos lleguen antes; buscamos que cada uno llegue más lejos.
Porque, después de muchos años acompañando adolescentes, hemos aprendido una lección que cada promoción de graduados vuelve a recordarnos.
El verdadero éxito educativo no consiste en que todos recorran el mismo camino.
Consiste en que cada alumno encuentre el suyo.
Y cuando eso ocurre, los resultados académicos llegan como consecuencia. Pero, sobre todo, llegan jóvenes seguros de sí mismos, preparados para la universidad, para el mundo laboral y para una vida en la que seguir aprendiendo será siempre su mejor herramienta.



